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Museo del Pisco

Cuzco es un lugar sembrado de pequeñas pero placenteras sorpresas por descubrir, a medida que uno camina por sus callecitas empinadas y sube sus escalinatas eternas. Una de ellas es el Museo del Pisco, un espacio dedicado a aprender y disfrutar todo lo que rodea al universo del pisco peruano.

 

Cuando la noche cae en Cuzco, el ombligo del mundo, todos sus rincones se encienden con luces amarillas que generan una cálida sensación de adrenalina a pesar del frío. A unas cuadras de la Plaza de Armas, titila el cartel de entrada al Museo más divertido y espirituoso de la ciudad: El Museo del Pisco. Entrar en este lugar es casi una aventura; las paredes cuentan la historia del pisco mezclando dioses peruanos, anécdotas y secretos con ilustraciones que llevan a imaginar los tiempos remotos de su creación, allá por el 1532, cuando los españoles arribaron a las tierras dominadas por los Incas. Frente a esas paredes desfila una variedad de botellas de todos los colores, procedencias y sabores; ellas albergan Pisco de diferentes partes del mundo, pero sobre todo, encierran los piscos peruanos más deseados del planeta.

Según Adam Weintraub, el creador del Museo del Pisco, el pisco trae aparejada la pasión por el compartir: “Es reverencia, orgullo, humor; una bebida que trae sonrisas, alegría, camaradería y espíritu”. Todas estas características entran en un solo trago de pisco cuando está preparado por un verdadero “pisquero” – así se los denomina a los amantes y expertos en esta bebida-. Uno de ellos, el jefe de creatividad y mixología de este bar, Omar Cutipa, se inspiró para crear los cocktails más mágicos a partir del pisco.

Citamos a algunos de ellos, solo para abrir el paladar de la imaginación: Amelia (Pisco Negra Criolla, Malibu, frambuesas, jugo de piña, gotas de maracuyá y jarabe de goma), Killa Bandida (Macerado de cranberry, licor de frambuesa, jugo de cranberry y naranja y mermerlada de fresa) y Tumbao (Pisco Negra Criolla, Cointreau, jugo de tumbo y crema de coco). Estas son solo algunas de las obras maestras de los bartenders del lugar, que además de manejar sus herramientas con talento para preparar tragos de autor y clásicos como el pisco sour y los chilcanos, derrochan simpatía al recomendar tragos y piqueos como prosciutto de pato, queso azul, lomo de alpaca, butifarra y platos calientes como langostinos al pisco. Sentarse en la barra y verlos trabajar da un placer indescriptible. Y a Adam lo complace ver que su objetivo está cumplido: “cada vez que me siento en la barra y veo a la gente apreciando y conversando sobre el pisco mismo me da un orgullo total”.

Para aquellos que quieran seguir descubriendo sobre esta bebida en su casa, pueden llevarse botellas, realizar una degustación y hasta una clase para aprender a hacer el clásico Pisco Sour. Además de apreciar la diversidad y la profundidad del pisco con el gusto, el olfato y la vista, los oídos también son parte de esta celebración; en todas las mesas se escuchan voces italianas, francesas, estadounidenses, brasileras, chilenas, argentinas y peruanas. Una mezcla que se confunde con los sonidos de los músicos que tocan en vivo música peruana de la costa, y que solo se detienen para invitar a gente a bailar y tocar castañuelas mientras la fiesta crece.

Pasar una noche en este bar es una buena forma de comprobar que todos los sentidos se despiertan ante el Pisco y sus mil y una variedades. Cada minuto vivido en el Museo del Pisco es un descubrimiento que provoca una chispeante alegría. Sin duda, uno de los lugares que todos deberíamos conocer antes de morir.

Link:

http://museodelpisco.org/espanol/